Yayoi Kusama: la artista que convirtió sus obsesiones en un universo de lunares
Yayoi Kusama, una de las artistas contemporáneas más reconocidas e influyentes de Japón, falleció a los 97 años, dejando detrás un universo artístico inconfundible de lunares, calabazas, espejos y repeticiones infinitas.
La artista japonesa murió el 14 de agosto de 2026 en un hospital de Tokio, según informó el museo que lleva su nombre. Su fallecimiento marca el cierre de una trayectoria de casi un siglo atravesada por la creatividad, la rebeldía, los desafíos personales y una obsesión por transformar su propia experiencia en arte.
En los últimos años, Kusama se había convertido en una auténtica superestrella global. Sus instalaciones conocidas como Infinity Rooms, espacios inmersivos construidos con espejos y puntos de luz, atrajeron a millones de visitantes y se transformaron en uno de los fenómenos más populares del arte contemporáneo, especialmente en la era de las redes sociales.
Sus esculturas de calabazas cubiertas de lunares y sus enormes instalaciones también ayudaron a consolidar una imagen fácilmente reconocible: la de una artista capaz de convertir patrones aparentemente sencillos en experiencias visuales monumentales.
Sin embargo, detrás de esa estética colorida y lúdica existía una historia mucho más compleja.
Kusama nació en 1929 y, según relató a lo largo de su vida, comenzó a experimentar alucinaciones desde que tenía alrededor de diez años. Patrones de puntos y redes se superponían sobre lo que veía y, con el tiempo, esas experiencias se convertirían en una de las principales fuentes de inspiración para su trabajo artístico.

La propia Kusama explicó en distintas ocasiones que sus obras eran una expresión directa de su vida y de sus problemas de salud mental. En lugar de alejarse de aquellas imágenes y pensamientos obsesivos, decidió trasladarlos al lienzo, a las esculturas, a las instalaciones y posteriormente a sus famosas experiencias inmersivas.
Tras estudiar en la Escuela de Artes y Oficios de Kioto, la joven comenzó a realizar sus primeras exposiciones en Japón. Desde el inicio de su carrera rompió con las convenciones de su época, incluso al hablar abiertamente sobre su enfermedad mental, un tema que entonces permanecía rodeado de fuertes tabúes.
Su vida dio un giro definitivo en 1958, cuando decidió abandonar Japón y trasladarse a Nueva York. Kusama buscaba escapar de las convenciones sociales y familiares que la asfixiaban, entre ellas la presión para aceptar matrimonios concertados.
Con ayuda económica inicial de su madre, llegó a Estados Unidos y comenzó a abrirse camino en la escena artística neoyorquina. Allí se relacionó con algunas de las figuras más importantes de la vanguardia y logró llamar la atención gracias a sus Infinity Nets, grandes composiciones formadas por patrones repetitivos que se convirtieron en una de las primeras señas de identidad de su obra.
La etapa estadounidense también estuvo marcada por una intensa competencia dentro de un mundo del arte dominado principalmente por hombres. Aunque Kusama compartió generación y espacios creativos con artistas como Andy Warhol y Claes Oldenburg, su reconocimiento comercial tardó mucho más en llegar.
Esa desigualdad también se reflejó en su obra. Kusama utilizó el arte como una forma de cuestionar las diferencias de género y desafiar las estructuras del mercado artístico. En 1964 creó Traveling Life, una pieza en la que combinó una escalera, zapatos de mujer y formas fálicas, retomando algunos de los temas que atravesaron buena parte de su producción.
El cuerpo, la sexualidad, la repetición y la desaparición de la individualidad se convirtieron en elementos centrales de su universo creativo.
Uno de sus conceptos más conocidos fue el de Self-Obliteration, o autodestrucción. Kusama utilizaba los lunares para cubrir cuerpos, objetos y espacios, con la intención de borrar los límites entre el individuo y el entorno. Para la artista, la repetición podía convertirse en una manera de regresar a algo más grande, a una especie de universo infinito en el que la identidad individual desaparecía.

Su espíritu provocador también la llevó a desafiar directamente al mercado del arte. En 1966 protagonizó una de sus acciones más recordadas, Narcissus Garden, durante la Bienal de Venecia. Aunque no había sido invitada oficialmente, colocó 1.500 esferas reflectantes sobre el césped y comenzó a venderlas a dos dólares cada una, hasta que los organizadores interrumpieron la intervención.
La fama internacional, sin embargo, tardaría décadas en llegar.
Kusama regresó a Japón en 1973 y continuó creando mientras recibía tratamiento para su depresión. Lejos de abandonar el arte, mantuvo una producción constante y convirtió su experiencia personal en el centro de una obra que, con el paso del tiempo, comenzó a recibir un reconocimiento cada vez mayor.
El gran reconocimiento llegó especialmente durante sus últimos años. En 1993 fue finalmente invitada a participar en la Bienal de Venecia, un momento que la propia artista consideró uno de los mejores de su vida. Más tarde, sus exposiciones comenzaron a generar largas filas, entradas agotadas y cifras de visitantes extraordinarias.
En 2018, por ejemplo, el museo The Broad de Los Ángeles vendió 90.000 entradas para una exposición dedicada a Kusama en una sola tarde. Sus obras también alcanzaron precios millonarios en las subastas, consolidando el reconocimiento que durante décadas parecía haberle sido negado.
Pero su legado no se limita a la popularidad de sus instalaciones ni a las fotografías frente a sus famosas calabazas amarillas con lunares negros.
La historia de Yayoi Kusama representa la de una artista que convirtió aquello que la atormentaba en una herramienta de creación. Sus obsesiones, sus experiencias personales y su lucha contra las expectativas sociales se transformaron en un lenguaje artístico capaz de conectar con millones de personas en todo el mundo.
Hasta el final de su vida mantuvo su compromiso con la creación. Kusama aseguraba que seguiría haciendo arte mientras su pasión la impulsara a hacerlo y veía su trabajo como una forma de sanar y conectar con los demás.
Ahora, tras su muerte a los 97 años, sus puntos, espejos, redes y calabazas permanecen como parte de un legado difícil de confundir. La artista que pasó décadas buscando reconocimiento terminó convertida en una de las figuras más famosas del arte contemporáneo y dejó una obra que, como sus célebres salas infinitas, parece destinada a prolongarse mucho más allá de sus propios límites.



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