Angélica Beltrán, Noticias de México
CDMX, 16 de abril de 2026.- La historia —caprichosa a veces, precisa en otras— colocó a la senadora Laura Itzel Castillo en un sitio irrepetible: presidir la ceremonia solemne para honrar a su padre, Heberto Castillo Martínez.
No fue un acto menor. Fue, en muchos sentidos, un cierre de ciclo.
Inventor de la tridilosa —ese sistema que cambió la ingeniería en México y cruzó fronteras—, pero también preso político en Palacio de Lecumberri tras el Movimiento Estudiantil de 1968, Heberto Castillo fue recordado en el Senado sin mezquindades. Nadie regateó el acuerdo: el salón de la Comisión Permanente llevará su nombre y su busto ocupará un lugar en el recinto.
En la mesa directiva, además de la anfitriona, tres mujeres con historia propia en la vida pública del país: en representación de la presidenta Claudia Sheinbaum, la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez; la fiscal general Ernestina Godoy; y la gobernadora de Morelos, Margarita González Saravia.
Uno a uno, los oradores subieron a tribuna. Seis en total. Y todos —sin excepción— coincidieron en el reconocimiento.
Incluso la oposición.
Luis Donaldo Colosio Riojas, de Movimiento Ciudadano, lució sus dotes como orador; Ricardo Anaya, del PAN, no perdió ocasión para hablar de sí mismo y su partido y Manuel Añorve del PRI, pidió retomar el pensamiento de Castillo para combatir el poder hegemónico y evitar el partido único, en clara alusión a MORENA.
Pero más allá de matices, el consenso fue claro: la congruencia de Heberto Castillo resistió el paso del tiempo. Su vocación por el diálogo, su capacidad de convencer sin avasallar, y su visión de poner primero a los de abajo.
Y también, su tridilosa. Ese modelo estructural que el propio ingeniero comparaba con su idea de sociedad: cada quien aporta según su capacidad y recibe según su necesidad.
Desde la Junta de Coordinación Política, Ignacio Mier Velazco —visiblemente distante— rescató uno de los momentos más definitorios del homenajeado: cuando en 1988 cedió su candidatura presidencial del Partido Mexicano Socialista en favor de Cuauhtémoc Cárdenas, bajo una máxima que aún incomoda a la política contemporánea: la causa es mayor que quien la encabeza.
En el pleno se respiró algo inusual: cordialidad. Una tregua breve. Un reconocimiento sin cálculo inmediato. La oposición “se quitó el sombrero”.
Y hubo también espacio para la memoria viva.
Ricardo Anaya recordó una escena de 1986, tras el fraude electoral en Chihuahua. Luis H. Álvarez sostenía una huelga de hambre que se prolongó más de 40 días. Hasta allá llegó Heberto Castillo, no a confrontar, sino a persuadir. Su frase —que aún resuena en el panismo— quedó flotando en el salón:
—Don Luis, no dé la vida de contado. Hay que darla en abonos. Hay que seguir luchando por la democracia.
Heberto Castillo nació en Veracruz en 1928. Egresado de la Universidad Nacional Autónoma de México, formador de generaciones de ingenieros, fundador de partidos de izquierda, integrante de la Comisión de Concordia y Pacificación en Chiapas tras el levantamiento zapatista de 1994.
Pero también fue empresario, y pudo haber sido solo eso. En el auge de su constructora —con contratos dentro y fuera del país— eligió otro camino: el de la lucha democrática, desde los tiempos de Lázaro Cárdenas del Río, pasando por 1968 y la fractura electoral de 1988.
“Más vale perder la comunidad que perder al país”, decía.
Por eso, el homenaje tuvo algo de paradoja. Las cúpulas del poder aplaudiendo a quien lo confrontó desde la clandestinidad, desde la cárcel y desde la marginalidad política. Una escena que difícilmente se explicaría sin el contexto actual de la llamada Cuarta Transformación, impulsada por Andrés Manuel López Obrador.
El cierre fue para Laura Itzel Castillo, quien apreció explicar la presencia de las invitadas:
Margarita González Sarabia, fue responsable de las finanzas en la campaña presidencial de Heberto Castillo en 1988, cuando –había poco dinero, pero mucha convicción—dijo entre risas.
Rosa Icela Rodríguez, entonces reportera de La Jornada, cubrió la gira presidencial de Heberto Castillo viajando por todo el país en “El Machete”; y Ernestina Godoy, parte del grupo de abogados que acompañaron a su padre en la Cocopa.
Vestida de blanco y negro, la senadora Laura Itzel Castillo, quien honra el legado de su padre a través de la Fundación Heberto Castillo, expuso que la construcción de democracia y justicia social son el esfuerzo de generaciones enteras.
“Como su hija, recibo este homenaje con gratitud y emoción, porque esta Cámara no es ajena a su historia”.
Heberto Castillo lo dejó dicho: no importa ser precursor o consumador, sino ser consecuente.
A Heberto Castillo ya lo juzgó la historia, y pasó el juicio. Es ya el luchador social que contribuyó al desarrollo de la democracia en México.
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