Dormir un poco más, tomarse una tarde libre o simplemente no “hacer nada” sigue siendo, para muchos mexicanos, una experiencia incómoda. Aunque el cuerpo pide pausa, la mente responde con reproches: “debería estar trabajando”, “hay gente que se esfuerza más”, “descansar es de flojos”. ¿De dónde viene esa culpa tan arraigada al descanso?
La respuesta no está solo en la productividad moderna, sino en una mezcla profunda de historia, cultura, economía y expectativas sociales.
La cultura del “aguántese como pueda”
En México, el trabajo duro ha sido históricamente una forma de supervivencia. Durante generaciones, descansar no era una opción, sino un lujo. Campesinos, obreros y trabajadores informales aprendieron que parar significaba perder ingresos, comida o estabilidad. Ese mensaje se heredó: trabajar mucho es sinónimo de ser responsable, digno y “buena persona”.
Así, el descanso quedó asociado a la holgazanería, no al autocuidado. Incluso hoy, frases como “el que no trabaja, no come” o “hay que chingarle” siguen marcando el valor moral del esfuerzo constante.
El orgullo del sacrificio
En la narrativa mexicana, el sacrificio es casi una virtud nacional. Aguantar cansancio, estrés y jornadas largas se presume como prueba de carácter. Decir “estoy agotado” suele venir acompañado de una sonrisa resignada, como si el cansancio fuera una medalla.
Descansar, en cambio, se percibe como un privilegio inmerecido, especialmente cuando hay crisis económicas, desigualdad o personas cercanas que “la están pasando peor”. La culpa aparece porque el descanso se compara, no se escucha desde el cuerpo.
Productividad tóxica y precariedad laboral
A esto se suma una realidad incómoda: en México, trabajar más no siempre significa vivir mejor. Jornadas largas, pocos días de vacaciones y salarios ajustados hacen que el descanso se sienta riesgoso. Si parar implica perder dinero, oportunidades o ser visto como reemplazable, el cuerpo descansa, pero la mente entra en alerta.
La productividad tóxica —esa idea de que siempre deberíamos estar haciendo algo útil— se refuerza con redes sociales que glorifican el “no paro”, el multitasking y el estar ocupados todo el tiempo.
Descansar no es perder el tiempo (aunque así lo sintamos)
Paradójicamente, la ciencia es clara: descansar mejora la concentración, la memoria, la creatividad y la salud mental. El problema es que no fuimos educados para verlo así. Nos enseñaron a valorar el cansancio visible, no el bienestar silencioso.
Por eso, cuando descansamos, sentimos que estamos fallando a una expectativa invisible: la de ser siempre fuertes, disponibles y productivos.
Aprender a descansar también es un acto cultural
Descansar sin culpa no se logra de un día para otro. Implica desaprender ideas muy profundas: que nuestro valor depende de cuánto producimos, que el descanso se gana solo después del agotamiento extremo y que cuidarse es egoísta.
En realidad, descansar también es una forma de responsabilidad: con el cuerpo, con la mente y con los demás. Un país cansado no es más productivo, solo es más irritable, enfermo y desconectado.
Tal vez el primer paso sea cambiar la pregunta. No “¿merece mi descanso?”, sino “¿qué pasa si no descanso?”. Porque descansar no es rendirse: es sostenerse.
































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