La vida en la Tierra ha perdido 44 capítulos irrepetibles en el último año. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) declaró oficialmente extintas en 2025 a 44 especies de animales, hongos y plantas, según los datos de su Lista Roja. Esta cifra no es un mero número estadístico; es la constatación de una tragedia ecológica que marca la desaparición definitiva de formas de vida únicas, como el esbelto zarapito fino (Numenius tenuirostris), un ave migratoria que surcaba los cielos de Eurasia y África, y tres especies de bandicuts, pequeños marsupiales australianos que sucumbieron ante las presiones humanas. El informe, además, lanza una advertencia aún más grave: actualmente, más de 48.600 especies evaluadas se encuentran amenazadas.
La lista de pérdidas es diversa y geográficamente amplia. Junto al zarapito y los bandicuts, se despidió para siempre la musaraña de la Isla de Navidad, un insectívoro australiano no avistado desde los años 80, y el Conus lugubris, un caracol marino venenoso de Cabo Verde cuya función en el ecosistema oceánico era fundamental. Cada una de estas extinciones representa un hilo roto en la intrincada red de la biodiversidad, con consecuencias que reverberan en sus respectivos hábitats. Catherine Numa, coordinadora del Programa de Especies de la UICN, explica que estas declaraciones se basan en criterios científicos rigurosos que evalúan el tamaño poblacional, la distribución geográfica y la tendencia de declive, categorizando a las especies desde «Preocupación Menor» hasta el estado irreversible de «Extinta».
El panorama global que pinta la UICN es alarmante. El 28% de todas las especies evaluadas por la organización —que superan las 173.000— se encuentran en algún grado de peligro. Grupos enteros están bajo presión crítica: el 71% de las cícadas (plantas antiguas), el 44% de los corales, el 41% de los anfibios y el 38% de los tiburones y rayas. Si bien la cifra de 310 especies declaradas extintas en los últimos cinco años puede verse influenciada por la intensificación de estudios, la tendencia subyacente es innegable. «La tasa de extinción es hoy mucho mayor», señala la organización, identificando patrones claros de destrucción: pérdida de hábitat, especies invasoras, sobreexplotación y, con un papel cada vez más protagónico, el cambio climático.
Frente a este diagnóstico sombrío, los expertos subrayan que la Lista Roja no es solo un obituario, sino una herramienta vital para la acción. Su función es guiar decisiones y priorizar esfuerzos de conservación. Saber qué especies están en riesgo y conocer las causas exactas que las llevan al borde del abismo proporciona el mapa de ruta para salvarlas. La actividad humana es el denominador común de todas estas amenazas, pero también es la clave de la solución. La humanidad aún está a tiempo, como matiza Numa, de revertir la suerte de muchas especies, pero ello exige una respuesta colectiva urgente y ambiciosa. La noticia de estas 44 extinciones debe ser, más que un lamento, la última llamada para una movilización global sin precedentes.































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