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Día de la Candelaria: fe, tradición y tamales en México

Por Juan Pablo Ojeda

 

Cada 2 de febrero, el Día de la Candelaria se consolida como una de las celebraciones más representativas del calendario cultural y religioso en México. La fecha no solo mantiene vigentes prácticas de fe católica, sino que articula costumbres comunitarias, herencias prehispánicas y dinámicas sociales que siguen evolucionando con el paso del tiempo.

La celebración tiene su origen en la tradición cristiana que recuerda la presentación del Niño Jesús en el templo, así como la purificación de la Virgen María, 40 días después del nacimiento de Cristo. En iglesias de todo el país se realizan misas especiales y la bendición de imágenes del Niño Dios, una práctica profundamente arraigada en miles de familias mexicanas.

Sin embargo, el Día de la Candelaria trasciende el ámbito religioso. En México, esta fecha está estrechamente vinculada con la Rosca de Reyes, consumida el 6 de enero. La tradición marca que quienes encontraron la figura del Niño Jesús en la rosca deben ofrecer tamales el 2 de febrero, una costumbre que refuerza la convivencia y el sentido de comunidad.

El protagonismo de los tamales no es casual. Antes de la llegada de los españoles, los pueblos originarios ya celebraban en febrero rituales asociados al inicio del ciclo agrícola y al maíz, alimento sagrado dentro de la cosmovisión mesoamericana. Con el tiempo, estas prácticas se fusionaron con el calendario católico, dando origen a una celebración híbrida que refleja la identidad cultural del país.

En la actualidad, el Día de la Candelaria también tiene un impacto económico significativo. Miles de vendedores, cocineras tradicionales y pequeños negocios incrementan su actividad debido a la alta demanda de tamales y atole. La oferta se ha diversificado con sabores regionales, propuestas contemporáneas y adaptaciones a nuevas preferencias alimentarias, sin que ello implique la pérdida del valor simbólico de la fecha.

Además, la costumbre de vestir al Niño Dios continúa siendo un acto de devoción importante. Los atuendos pueden representar advocaciones religiosas, oficios, figuras sociales o peticiones personales, lo que convierte esta práctica en una expresión íntima de fe y agradecimiento.

Más allá del ritual y la gastronomía, el Día de la Candelaria sigue funcionando como un espacio de encuentro. En casas, centros de trabajo y comunidades, la celebración reafirma la importancia de compartir y preservar tradiciones que conectan el pasado con el presente.

En un contexto de cambios culturales acelerados, esta festividad mantiene su vigencia porque combina religión, identidad y convivencia, elementos que continúan siendo fundamentales en la vida social mexicana.

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