Las nochebuenas, también conocidas como flores de Navidad o poinsettias, cuyo nombre científico es Euphorbia pulcherrima, forman parte esencial de la identidad navideña en México. Su historia comienza en el México antiguo, cuando los aztecas las denominaban Cuetlaxóchitl, que significa “flor que se marchita”. De acuerdo con registros del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH), estas plantas eran utilizadas en rituales religiosos y como ofrendas a los dioses, además de servir como fuente de pigmentos y de compuestos medicinales.
En ese periodo, el Cuetlaxóchitl tenía un profundo significado espiritual. Documentos históricos citados por el INAH señalan que los mexicas aprovechaban sus brácteas rojas para obtener un tinte utilizado en textiles y empleaban su látex como remedio para fiebres y afecciones cutáneas. Su presencia en jardines imperiales también era símbolo de poder y conexión con lo sagrado.
Moctezuma II, según diversas crónicas, ordenó trasladar la flor desde regiones del sur del actual territorio mexicano hasta los jardines de Tenochtitlán, donde su cultivo se convirtió en una práctica ornamental relevante. Su belleza, su resistencia y su asociación con la vida y la renovación reforzaron su posición como una planta de alto valor cultural.
Además de su uso histórico, la nochebuena ha sido protagonista de leyendas que sobreviven hasta hoy. Una de las más conocidas es la del milagro navideño: la historia de una niña pobre que, sin poder ofrecer un regalo al Niño Jesús, llevó al templo unas ramas verdes tomadas del campo. Al dejarlas en el altar, sus hojas se tornaron rojas, convirtiéndose en las flores que hoy conocemos. La tradición popular mexicana mantiene vivo este relato, el cual ha sido difundido por la Secretaría de Cultura como parte del patrimonio oral del país.
El carácter global de la nochebuena se consolidó en el siglo XIX, cuando Joel Roberts Poinsett, embajador de Estados Unidos en México, envió ejemplares a su país. De acuerdo con información del Departamento de Agricultura de Estados Unidos (USDA), las plantas tuvieron una rápida aceptación en la horticultura norteamericana, dando origen al nombre inglés poinsettia. Su comercialización creció durante el siglo XX, especialmente en la temporada navideña, hasta convertirse en una de las flores ornamentales más vendidas del mundo.
En México, instituciones como la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural (SADER) señalan que la producción nacional supera año con año millones de plantas destinadas al consumo interno y a la exportación, posicionando al país como uno de los principales productores a nivel global. Su cultivo es una fuente importante de ingresos para floricultores del Estado de México, Morelos, Puebla y Ciudad de México.
Hoy, la nochebuena no solo es un elemento decorativo: representa un símbolo de identidad y continuidad cultural. Su presencia durante las celebraciones decembrinas conecta el pasado prehispánico con las tradiciones contemporáneas, evidenciando la riqueza del sincretismo que caracteriza a México.
A pesar de su internacionalización, la flor conserva un arraigo especial en su lugar de origen. Las campañas de preservación cultural impulsadas por la Secretaría de Cultura promueven su historia y su significado para que nuevas generaciones reconozcan en la nochebuena un legado vivo que ha cruzado siglos y fronteras.

































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