Por Bruno Cortés
En el Congreso se está discutiendo algo que, en papel, suena histórico: bajar la jornada laboral de 48 a 40 horas semanales. Pero para la diputada Ivonne Ortega Pacheco, coordinadora de Movimiento Ciudadano en la Cámara de Diputados, lo que se aprobó en comisiones del Senado no es el cambio profundo que muchos trabajadores esperaban, sino una “simulación”.
Así lo dijo sin rodeos: “están dando gato por liebre”. ¿Por qué? Porque aunque la reforma habla de una jornada de 40 horas, su aplicación total sería hasta 2030. Es decir, no sería inmediata, sino gradual. Y además, según explicó, se mantiene un esquema en el que en los hechos se seguirían trabajando seis días, con un solo día de descanso obligatorio, mientras que el tope de horas extras subiría hasta 12.
Para quien no vive metido en el lenguaje legislativo, esto significa lo siguiente: sí, en el discurso se reducen las horas semanales, pero en la práctica no necesariamente cambia la rutina de millones de personas que hoy trabajan casi toda la semana. Seguirían levantándose seis días, pagando transporte seis días y organizando su vida alrededor del trabajo casi igual que ahora.
Movimiento Ciudadano, adelantó Ortega, acompañará la discusión cuando la minuta llegue a la Cámara de Diputados, pero no la dejará pasar tal cual. Su intención es modificarla para que la reducción sea real y no paulatina hasta el final del sexenio. Lo que buscan es que se establezcan claramente dos días de descanso por semana, sin reducción salarial y sin ampliar las horas extras.
Aquí está el punto de fondo: el descanso no solo es tiempo libre. También es ahorro. Con dos días libres, dijo la diputada, las personas podrían dejar de gastar en transporte al menos un día, atender su salud, ir al médico, convivir con sus hijos o simplemente descansar. En términos de políticas públicas, eso impacta en bienestar, productividad y calidad de vida.
Ortega también cuestionó que, si se amplían las horas extras, se corre el riesgo de que las empresas compensen la reducción formal de la jornada cargando más tiempo adicional, lo que vaciaría de contenido el espíritu de la reforma. Por eso planteó que las horas extra deben mantenerse en su esquema actual.
La discusión que viene en San Lázaro no será menor. La mayoría oficialista tendrá la última palabra, pero la presión pública y el debate técnico pueden mover piezas. Lo que está en juego no es solo un número de horas, sino el modelo de equilibrio entre trabajo, familia y descanso que México quiere para los próximos años.
En pocas palabras: la reforma de las 40 horas ya dio un paso en el Senado, pero en la Cámara de Diputados todavía puede cambiar. Y ahí, Ivonne Ortega y su bancada buscarán que el cambio sea inmediato, con dos días reales de descanso y sin que el salario ni las condiciones laborales salgan perjudicadas.
































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