Por Bruno Cortés
La llegada de Laura Itzel Castillo a la presidencia del Senado no fue solo un cambio de género o de nombre en la placa de la Mesa Directiva; fue un cubetazo de agua fría para los que pensaban que la Cámara Alta seguiría siendo una sucursal de los acuerdos en lo oscurito. La hija del legendario Heberto Castillo llegó con la legitimidad histórica bajo el brazo y una línea dura que ha empezado a cobrar facturas, dejando a varias figuras de la 4T y sus aliados de ocasión con el pie cambiado y sin paraguas ante la tormenta política que se avecina con el nuevo mando de Ignacio Mier.
El primer damnificado en este reacomodo de placas tectónicas es el clan Yunes. Miguel Ángel Yunes Márquez, que vendió caro su amor a la reforma judicial pensando que tendría patente de corso todo el sexenio, se topó con pared. Laura Itzel representa al ala pura de la izquierda, esa que no olvida ni perdona tan fácil. Sin el manto protector de Adán Augusto López en la Jucopo —su principal valedor en aquel pacto pragmático— y con una presidenta que privilegia la ideología sobre la conveniencia, los veracruzanos han pasado de ser los «héroes de la reforma» a apestados incómodos en los pasillos de Reforma. Se les acabó el interlocutor y el blindaje moral.
Por otro lado, el «compañero» Gerardo Fernández Noroña no ha disimulado su mueca. Acostumbrado a los reflectores y al micrófono abierto, su salida de la presidencia para dar paso a Castillo lo ha desdibujado. Noroña, que brillaba en la confrontación, se ve opacado por la sobriedad institucional de Laura Itzel. La diferencia es brutal: mientras él buscaba la nota con el pleito, ella impone agenda con la historia. El petista ha quedado relegado a un rol de reparto justo cuando necesitaba más vitrina para mantenerse vigente en la sucesión de liderazgos de la izquierda.
Pero quizá la herida más profunda la carga Andrea Chávez. La joven senadora, que ya se veía despachando en el Palacio de Gobierno de Chihuahua para el 2027, se ha quedado huérfana de poder. Su ascenso meteórico estaba atado umbilicalmente a la operación política de Adán Augusto. Con su mentor fuera de la coordinación y exiliado al «trabajo de tierra», y con una Mesa Directiva que no se presta al juego de las «corcholatitas», Chávez ha perdido su plataforma de despegue. En el Senado ya no se respira ese aire de complicidad que le permitía placearse como precandidata única; ahora, bajo la mirada estricta de Castillo y la operación de Mier, tendrá que formarse en la fila y demostrar que trae canicas propias, más allá del apadrinamiento que hoy ya no pesa.
Este golpe de timón confirma que en la política mexicana, el que se mueve sí sale en la foto, pero a veces sale borroso. La dupla Castillo-Mier promete cerrar la llave a los protagonismos estériles y a los pactos inconfesables, alineando el Senado 100% con los tiempos de la Presidenta Sheinbaum, caiga quien caiga.
































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