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Más allá del impacto deportivo, el Mundial 2026 exige una estrategia económica a largo plazo: Manuel Herrejón Suárez

A menos de seis meses de que el mundo centre su atención en Norteamérica, el Mundial de Fútbol 2026, que se celebrará del 11 de junio al 19 de julio en México, Estados Unidos y Canadá, se ha convertido en una narrativa de oportunidades sin precedentes para México. No obstante, tal como lo advierte el empresario y analista económico Manuel Herrejón Suárez, el reto para México no está solo en festejar goles, estadios llenos o derrama turística, sino en traducir ese impulso en inversión productiva y confianza empresarial duradera.

Herrejón Suárez, empresario mexicano con más de dos décadas de experiencia en el sector bursátil y de mercado cambiario, plantea que la conversación alrededor del torneo ha privilegiado los aspectos emotivos y de consumo inmediato, mientras que la verdadera palanca de crecimiento (la inversión sostenida) sigue en un limbo de incertidumbre.

“El entusiasmo que rodea al Mundial 2026 es lógico y positivo”, reconoce Herrejón Suárez. “Habrá derrama económica, empleo temporal y un ánimo renovado en el mercado interno. Todo eso suma. El problema aparece cuando se confunde movimiento con avance; actividad con dirección; fiesta con estrategia”, comenta.

Expectativas vs. realidad: ¿sólo un efecto temporal?

En el imaginario colectivo, la Copa del Mundo suele asociarse con crecimiento automático: turistas, hoteles llenos, restaurantes a tope, impactos positivos en el comercio y los servicios. Sin embargo, el análisis de Manuel Herrejón Suárez invita a mirar más allá del efecto coyuntural. Señala que, medir el éxito del Mundial únicamente por cifras de ocupación hotelera o consumo durante cinco semanas, sería un enfoque miope, incorrecto. Lo que México necesita, insiste, es certidumbre económica, reglas claras y visión de largo plazo para que la inversión privada no solo llegue, sino que se quede y se multiplique.

Este llamado a la claridad, aunque implícito, reverbera en un contexto global donde la inversión sigue cautelosa y los capitales requieren señales políticas y regulatorias consistentes para tomar decisiones de largo alcance. Para el empresario, los gobiernos y actores económicos deben aprovechar este evento único para enviar señales inequívocas de estabilidad y previsibilidad que favorezcan el desarrollo productivo más allá del calendario deportivo.

Una oportunidad histórica para redefinir la narrativa económica

México no es novato en albergar grandes eventos deportivos; fue sede de las Copas del Mundo de 1970 y 1986, y ahora vuelve a estar bajo los reflectores globales del balompié. Pero, como enfatiza Herrejón Suárez, el legado de esta edición dependerá menos de los goles y más de las inversiones que queden sembradas en el país cuando las gradas se vacíen.

“La pregunta clave no es cuánto se gastará durante el torneo, sino cuántas empresas decidirán quedarse, expandirse e invertir cuando las luces se apaguen”, concluye, subrayando que el verdadero partido que México debe ganar es el de la confianza económica a largo plazo.

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