En Xochimilco, comer también flota. Mientras las trajineras avanzan lentamente por los canales, entre ahuejotes, reflejos verdes y ecos de un paisaje agrícola ancestral, aparecen otras embarcaciones más pequeñas que se acercan con naturalidad: son los puestos de comida flotantes. No tienen menú impreso ni mesas fijas, pero ofrecen una de las experiencias gastronómicas más singulares de la Ciudad de México, donde el antojo se satisface con el sonido del agua y la historia milenaria como telón de fondo.
Estas trajineras-comedor forman parte del ritmo cotidiano de Xochimilco. No son un invento turístico reciente, sino una adaptación moderna de una tradición antigua: el intercambio y la venta de alimentos en los canales, herencia directa del sistema chinampero que alimentó a Tenochtitlan durante siglos. Hoy, en lugar de maíz recién cosechado o flores para el mercado, transportan quesadillas humeantes, elotes, tlacoyos, tacos dorados y bebidas frescas que llegan directo a tu embarcación.
La experiencia comienza sin aviso. Estás avanzando entre chinampas cuando escuchas una voz que canta el menú: “¡Quesadillas calientitas, de flor de calabaza y huitlacoche!”. La trajinera se acerca con precisión experta, se amarra unos minutos y, en cuestión de segundos, el canal se convierte en cocina abierta. El comal chisporrotea, las tortillas se inflan y el aroma a masa y guisado se mezcla con el aire húmedo del sur de la ciudad.
Lo que hace especial a esta comida no es solo el sabor, sino el contexto. Comer un tlacoyo mientras pasas junto a chinampas que aún se cultivan conecta el presente con un pasado agrícola que sigue vivo. Muchos ingredientes —hierbas, flores, verduras— provienen de la misma zona, reforzando esa sensación de circuito corto y cocina de territorio, aunque el comensal esté sentado en una trajinera decorada con colores brillantes.
A diferencia de los restaurantes fijos, aquí el servicio es directo y sin intermediarios. Pagas en el momento, comes al instante y sigues tu camino. La oferta es sencilla pero bien ejecutada: antojitos preparados al momento, salsas caseras, bebidas tradicionales como aguas frescas o micheladas, y, en algunos casos, café de olla o atole para los días más frescos. No hay pretensión, pero sí oficio.
También hay un código implícito de convivencia. Las trajineras de comida saben cuándo acercarse y cuándo seguir de largo. Si hay interés, se detienen; si no, continúan su ruta, buscando otros clientes. Este flujo constante crea un mercado flotante efímero que aparece y desaparece entre los canales, haciendo que cada recorrido sea distinto.
Más allá del antojo, estos puestos flotantes son una forma de sostener economías locales y tradiciones vivas. Cada quesadilla vendida es también una manera de mantener activo un sistema cultural que resiste la presión urbana y turística. Elegir comer ahí es participar, aunque sea por unos minutos, de una dinámica que lleva siglos adaptándose sin desaparecer.
En Xochimilco, la comida no se pide: se encuentra. Y cuando llega en una trajinera, frente a chinampas milenarias, sabe distinto. No solo porque está recién hecha, sino porque se disfruta en uno de los últimos paisajes vivos del México prehispánico, donde el pasado sigue flotando junto al presente.
































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