Por Juan Pablo Ojeda
Cada 1 de enero, mientras México arranca el año entre descanso y reuniones familiares, millones de personas también voltean a ver una de las celebraciones más emblemáticas a nivel internacional: el Desfile de las Rosas, realizado en Pasadena, California. Este evento, que marca simbólicamente el inicio del año, se ha convertido en una tradición seguida por audiencias mexicanas desde hace décadas.
El desfile es conocido por sus enormes carros alegóricos cubiertos completamente de flores naturales, semillas y follaje, una regla estricta que distingue al evento y lo vuelve único en el mundo. A esto se suman bandas musicales, grupos ecuestres y organizaciones comunitarias que recorren las calles en un ambiente festivo y familiar.
Más allá del espectáculo visual, el Desfile de las Rosas tiene un fuerte valor simbólico. Representa optimismo, renovación y celebración, conceptos que conectan con el ánimo de inicio de año. Para muchos mexicanos, verlo por televisión el 1 de enero se ha vuelto parte del ritual posterior a la cena de Año Nuevo, especialmente antes del tradicional Rose Bowl, el partido de futbol americano universitario que se juega ese mismo día.
La relación de México con este desfile no es menor. A lo largo de los años, bandas escolares, artistas y comunidades de origen mexicano han participado en el evento, reforzando los lazos culturales entre ambos países. Además, la transmisión en español ha permitido que el desfile se consolide como un referente del entretenimiento de Año Nuevo en los hogares mexicanos.
En un contexto donde el primer día del año suele vivirse con calma, el Desfile de las Rosas ofrece una celebración distinta: colorida, ordenada y cargada de simbolismo. Un recordatorio de que el año comienza con flores, música y la expectativa de nuevos comienzos.

































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