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El guardián del Mictlán: Origen, mitología y el renacer del xoloitzcuintle en la memoria mexicana

Redacción Noticias de México · 2 de noviembre de 2026

Por Angélica Beltrán

CIUDAD DE MÉXICO a 2 de noviembre de 2026 (Noticias de México)— En la profunda cosmovisión de los pueblos originarios de Mesoamérica, el tránsito hacia la muerte nunca representó un final absoluto, sino un viaje sagrado de purificación. En ese recorrido por senderos oscuros y peligros subterráneos, la figura del xoloitzcuintle trasciende como el compañero indispensable del alma humana, consolidándose como uno de los símbolos identitarios y biológicos más antiguos y venerados del patrimonio mexicano.

Un origen sagrado: La creación de Xólotl

El nombre del canino proviene del náhuatl xólotl (dios del ocaso, la transformación y los gemelos, hermano gemelo de Quetzalcóatl) e itzcuintli (perro). De acuerdo con la mitología mexica, los dioses crearon a este singular perro desprovisto de pelo a partir de una astilla del Mictlantecuhtli o de los mismos huesos sagrados de los que nació la humanidad.

La divinidad Xólotl concibió al animal con un propósito sagrado: obsequiarlo a los mortales para resguardar sus vidas durante el día y, tras el último aliento, servirlos de guía en el plano espiritual. Dada su naturaleza sagrada, se creía que el animal poseía la cualidad de conectar el mundo terrenal con el inframundo, protegiendo las casas de los espíritus malignos y sanando dolencias físicas gracias al calor que emanaba de su piel desnuda.

El protector del Mictlán y el paso por el Apanohuacalhuia

En el relato escatológico del Mictlán —compuesto por nueve niveles de pruebas que las almas debían atravesar durante cuatro años—, el xoloitzcuintle desempeñaba su papel decisivo en el primer estrato: el Apanohuacalhuia o el caudaloso río subterráneo.

Para cruzar las aguas turbulentas, el difunto requería la ayuda indispensable de su perro. Sin embargo, el cruce no estaba garantizado para cualquiera. La tradición oral dictaba que el xoloitzcuintle examinaba el comportamiento que el difunto había tenido en vida hacia los animales:

  • El veredicto del guardián: Si el fallecido había maltratado a un perro en vida, el xoloitzcuintle se negaba a cargarlo sobre su lomo, condenando al alma a vagar eternamente en las riberas del río.
  • El premio al respeto: Por el contrario, si la persona había sido generosa y respetuosa con los animales, el perro accedía gustoso a sumergirse en el agua y llevar el alma segura hacia la otra orilla.

Debido a esta creencia, en las prácticas funerarias prehispánicas era común que los difuntos fueran enterrados con estatuillas de barro que representaban a estos canes —como las famosas piezas encontradas en las tumbas de tiro de Colima— o, en épocas más remotas, con sus propios animales de compañía.

De la amenaza de extinción al rescate patrimonial

Con la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI, la población del xoloitzcuintle enfrentó una drástica disminución. La corona castellana y la Iglesia católica persiguieron la presencia del animal por considerarlo un elemento central en los rituales de paganismo e idolatría nativa. Adicionalmente, la escasez de alimento llevó a que fuera consumido como proteína por las tropas europeas.

El perro sobrevivió oculto durante siglos en zonas agrestes y remotas del occidente y el sur de México, principalmente en los estados de Oaxaca, Guerrero y Michoacán.

No fue sino hasta mediados del siglo XX cuando el movimiento cultural del nacionalismo mexicano —encabezado por figuras como Diego Rivera, Frida Kahlo, Rufino Tamayo y Dolores Olmedo— rescató a la raza, criándola en sus residencias y elevándola a la categoría de icono del arte nacional y de la identidad mestiza.

El xoloitzcuintle en el Día de Muertos contemporáneo

En la actualidad, la presencia del xoloitzcuintle ha cobrado un renovado vigor en los altares y festividades del Día de Muertos. Ya sea representado en las tradicionales figuras de cartonería, en el pan de muerto esculpido o acompañando las ofrendas en plazas públicas, su figura recuerda a las nuevas generaciones que la tenencia responsable y el respeto a la vida animal son valores heredados directamente de la cosmovisión ancestral.

Con su reciente declaratoria como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Ciudad de México, el xoloitzcuintle reafirma su lugar no solo como un vestigio biológico de la época prehispánica, sino como un guardián vivo de la memoria, el afecto y la tradición mexicana.

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