Por Juan Pablo Ojeda

 

La presidenta Claudia Sheinbaum Pardo volvió a poner sobre la mesa uno de los temas más sensibles del sistema político: el costo de las elecciones. Este martes anunció el envío al Senado de su llamado Plan B de reforma electoral, una propuesta que combina cambios constitucionales y legales con un objetivo claro: recortar gastos y ajustar lo que considera excesos dentro de las instituciones electorales.

Desde Palacio Nacional, la mandataria dejó clara la línea de su gobierno: menos recursos para el aparato electoral y para los partidos políticos, y más enfoque en lo que denomina austeridad republicana. En términos simples, lo que busca es que organizar elecciones cueste menos dinero público y que los funcionarios electorales no tengan salarios ni prestaciones por encima de ciertos límites.

La iniciativa, presentada en voz de la secretaria de Gobernación Rosa Icela Rodríguez, parte de una idea central: reducir privilegios y, al mismo tiempo, abrir espacio a una mayor participación ciudadana. Es decir, hacer más con menos, pero sin —según el discurso oficial— afectar la calidad democrática.

Uno de los puntos más relevantes toca directamente al Instituto Nacional Electoral y a los tribunales electorales. La propuesta establece que ningún consejero, magistrado o alto funcionario podrá ganar más que la presidenta, además de eliminar beneficios como seguros médicos privados, bonos y otros ingresos adicionales. Es un mensaje político claro: equiparar a estos órganos con la lógica de austeridad del gobierno federal.

Pero el ajuste no se queda ahí. También alcanza a los estados y municipios. Se plantea reducir el número de regidores en los ayuntamientos, limitar a una sola sindicatura por municipio y poner un tope al gasto de los congresos locales. La apuesta es que esos recursos liberados se redirijan a obras públicas, lo que conecta la reforma electoral con un impacto más tangible para la ciudadanía.

En el terreno operativo, la iniciativa también propone cambios técnicos que pueden parecer menores, pero tienen implicaciones importantes. Por ejemplo, adelantar el inicio del conteo de votos desde el momento en que llegan los primeros paquetes electorales, así como fortalecer el uso de tecnología en la fiscalización de recursos de partidos.

Otro punto clave es la revocación de mandato. La propuesta busca fijar una fecha más clara para su realización: el primer domingo de junio del tercer o cuarto año de gobierno. Esto le daría mayor certidumbre a un mecanismo que ha sido promovido como herramienta de participación ciudadana, pero que aún genera debate sobre su uso político.

En el fondo, el Plan B refleja una discusión más amplia: cuánto debe costar la democracia en México y cómo equilibrar la austeridad con la autonomía de las instituciones electorales. Para el gobierno, el problema está en los excesos; para sus críticos, el riesgo está en debilitar órganos clave del sistema democrático.

Por ahora, la propuesta entra al Senado, donde comenzará el verdadero debate político. Ahí se definirá si estos cambios se traducen en una reforma que modifique de fondo el modelo electoral o si se quedan en ajustes parciales dentro de una discusión que lleva años abierta.

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